Las cifras de la información deportiva (primera parte)

Inicio aquí, el segundo especial, que no es otra cosa más que un post largo dividido en trozos. Esta vez sale de un trabajo universitario dedicado al poder de la prensa y la información deportiva dentro de todos los géneros periodísticos, y que comenzo poniendo en duda los sistemas de medición usados por los medios en nuestro país. Nada del (de) otro mundo. Es evidente que este tipo de especiales los realizo para dar más “peso” al blog. Negarlo sería absurdo. Lean pues.

 

Las cifras de la información deportiva en los medios españoles (y otras cosas) 1

Sobre encuestas, estudios y otras mentiras
Es complicado saber cuál es el alcance total de la prensa deportiva en España  en número de ejemplares vendidos, en números de radioyentes y en número de espectadores. Los diferentes estudios y análisis cuantitativos que se realizan en nuestro país arrojan no pocas dudas sobre sus resultados y metodología. Los menos fiables, para el gusto del que escribe, son aquellos que se sirven de la memoria de las personas (que normalmente es poca) para medir audiencias y difusiones. Como bien sabemos, las encuestas tienen un considerable margen de error, que aquellos que viven de ello intentan minimizar a un 3% o un 5%. Si a esto sumamos que son encuestas grandes, en las que los encuestados tienen que recordar muchas más cosas que un voto a un partido, el margen de error crece exponencialmente. Los encuestados, a buen seguro, confunden cadenas, presentadores, programas, e incluso medios: “Yo leo la carta del director que escribe Matías Prats en El Mundo, por la noche ceno con el telediario de Ramón García y suelo acostarme poniendo en la radio el programa de Pedro J. Ramírez. Y suelo vestir con la ropa que diseña su mujer Carolina Herrera”.Aparte de los errores, también entra en juego el factor mentira, el factor vergüenza y el factor afinidad. Lo mismo que uno puede no querer reconocer que escucha a Losantos o que ve la película porno del Plus (para algunos ambos con contenidos igual de obscenos), otros votan un programa porque un presentador les cae bien o les atrae físicamente (factor que tampoco favorece a Federico) aunque no hayan podido ver o escuchar su programa desde hace años.
Más fiable parece el control OJD, aunque tampoco son pocas las voces que discuten su sistema de medición. Algunos hablan de que con habilidad (y buenos jamones convenientemente envueltos en papel de regalo) se pueden variar los datos considerablemente. No lo sé. Desconozco la mecánica en profundidad, pero parece ser que contar ejemplares es algo más creíble (y tangible) que una encuesta sobre lo que uno hizo o dejó de hacer en el pasado.
Sin duda, los estudios más fiables son los televisión y los de internet, aunque también hayan estado envueltos en polémicas, algunas muy recientes. Para medir la audiencia de televisión en España se usan 3.845 audímetros distribuidos por la empresa TNS-Sofres. Estos cerca de 4.000 audímetros recogen las pautas de comportamiento exactas que realizan durante las 24 horas del día algo más de diez mil individuos convenientemente elegidos en base a su lugar de residencia, su edad, su nivel de estudios o de ingresos. Estas diez mil personas representan a 42,5 millones de españoles mayores de cuatro años. Podríamos discutir si es una encuesta lo suficientemente grande, o por qué suponen que todo el mundo tiene televisión en casa. Porque este sistema lo supone desde el momento en el que pretende representar al total de la población de nuestro país. En cualquier caso, su sistema de medición parece bastante fiable, ya que se basa en realidades comprobadas y comprobables. Aparte, está planeada una próxima ampliación del parque de audímetros, que aumentará la credibilidad del estudio.
Por su parte, internet es la precisión absoluta. La red dice verdades como puños. En internet se recoge, controla y mide cada movimiento de cada usuario. No solamente se obtienen fácilmente cifras exactas del número de visitantes únicos que reciben hasta las webs más modestas, sino que se pueden obtener muchos otros datos realmente útiles: número de páginas vistas, cuáles de ellas han sido las más leídas, lugar desde el que entran los lectores, tiempo que pasan en la página, número de veces que pinchan en un banner de publicidad… Ningún medio puede igualar hasta el momento la precisión que nos ofrece internet, y seguramente esto no cambie hasta que los otros medios se digitalicen totalmente, o converjan en uno solo, que también puede ocurrir.
Esta pequeña y escéptica introducción sirve para que, en adelante, valoremos las cifras en su justa medida. Ya que seguramente aparezcan por aquí muchas cifras que no hay que absolutizar. Sí, es cierto que las cifras nunca mienten. Pero las cifras nunca mienten cuando reflejan la realidad, y eso es algo difícil de conseguir. 

El peso de los muertos

Hace tiempo hablábamos que los muertos solamente importan por su nacionalidad. La proximidad de la noticia es uno de los primeros atributos que dan importancia o no a dicha noticia. Esta semana hemos asistido a un ejemplo más, de estos que claman al cielo y que evidencian lo locales que somos. Casi pueblerinos. Un tifón arrasa Birmania cobrándose, inicialmente, un centenar de muertos (noticia menor). El número de víctimas, como se esperaba, fue creciendo considerablemente hasta alcanzar los 10.000. La noticia cobraba algo de importancia. Aunque noticiosamente la muerte de un birmano no tiene ningún valor, la suma de las 10.000 lleva a la noticia a ocupar un pequeño lugar en las portadas de los diarios.

Me he permitido marcar las noticias en rojo, de las portadas de algunos periódicos nacionales (por desgracia no cuento con la portada de El País, que intuyo que fue en la misma línea que las portadas de sus homólogos). Fuera de España algunos diarios como los británicos The Guardian o The Times o el chino South China Morning Post (en inglés) sí daban máxima prioridad a la noticia. Pero la mayoría seguían buscando Birmania en el mapa.

El caso es que las horas pasaron, y en Myanmar el desastre iba a más. La cifra se doblaba, y alcanzábamos unos espeluznantes 22.500 muertos, que algunos medios como el mencionado The Times ampliaban a 50.000. The Washington Post llegaba a los 60.000 “muertos o desaparecidos”. La dificultad de cuantificar precisamente la catástrofe hace que los 500 de los 22.000, resulten absolutamente ridículos. Precisamente esa cifra de 22.500 fue en la que coindieron y confiaron nuestros periódicos. Seguramente son números hechos públicos por el propio gobierno birmano. El Mundo y ABC han aumentado en su edición de hoy miércoles día 7 la relevancia otorgada a la noticia, con foto principal incluida. Sigue sin ser la principal noticia del día, pero al menos crece. En El País la catástrofe asiática se ve rodeada (en una portada muy repartida) de otras noticias de gran calado como el supuesto hundimiento de una barca de inmigrantes por parte de la Marina marroquí.

Por último, La Razón y Público vuelven a hacer un absoluto desprecio hacia el desastre de Birmania. Para estos periódicos 22.000 muertos no son suficientes para considerarlo una noticia importante, y apenas se refleja la catástrofe por educación, no por interés.

Alcanzamos ya la conclusión. El evidente desprecio que hacen los periódicos hacia 22.000 muertes, por muy lejos que perezcan, es vergonzoso. Especialmente cuando, por ejemplo, estos periódicos no dudan en ofrecer con un drama desmedido (y al menos con la misma significación que lo ocurrido en Asia) la noticia del “monstruo austriaco”, Joseph Fritzl. Especiales, reportajes, fotos en portada y artículos de opinión alrededor de un enfermo mental de quien dependían ni una docena de personas. Una noticia premiada por el morbo, y por saber feacientemente que en nuestro planeta hay locos retorcidos capaces de las peores atrocidades imaginables, que superan la ficción con comodidad. Al fin y al cabo, espectáculo. Un drama, pero no una tragedia. La más famosa frase que nunca dijo Stalin (”una muerte es una tragedia, un millón de muertes es una simple estadística”) vuelve a convertirse, acogida por nuestro periodismo, en axioma. Y es que el ser humano es más consciente de un caso concreto, una desgracia concreta y bien contada, que de 20.000 muertes anónimas (y asiáticas, claro). Las dos últimas noticias que nos han llegado de Austria hablan de sótanos y secuestros involuntarios con sexo esporádico. Natascha Kampush y Joseph Fritzl ya están en Wikipedia. 

Para colmo, algunos piden más protagonismo para Fritzl mientras callan ante las 22.000 muertes de unaBirmania que sin duda no sabrían situar en un mapa. Pero claro, total, en Asia esas cosas ya habían ocurrido otras veces, y como son tantos, no pasa nada, ¿no?. En fin, como premio si han llegado hasta aquí, que hable con su última viñeta el gran Ricardo, del diario El Mundo.

Hasta luego.

Apropiación indebida

Ayer se proclamaba campeón de Liga el Real Madrid, una vez más. La Sexta hacía un buen despliegue de conexiones para seguir metro a metro el camino del equipo blanco desde Pamplona hasta la plaza de La Cibeles. La llegada fue larga, como siempre, y los periodistas tuvieron bastante tiempo para improvisar, criticar, adivinar y comentar con más o menos acierto sobre el pasado, el presente y el futuro del equipo blanco. Y de otras cosas. Dentro de este alarde de improvisación y relajación, Juan Manuel López Iturriaga, presentador de “No me digas que no te gusta el fútbol”, nos dejaba una perla que había escuchado hace tiempo pero que confiaba en no tener que volver a oír: “Raúl no debería colgar la bandera de España en La Cibeles, porque es de todos”.

Hace tiempo se acusó al Partido Popular de que se apropiaba de la bandera nacional. Y se añadía ese comodín absurdo de que “es de todos”. Ayer volvía a escuchar aquella estupidez que, como el iluso que soy, creía superada. Me equivoqué. Valiéndose del argumento cuyo origen desconozco (desde luego no se le ocurrió a un genio), la bandera española no debería utilizarse nunca, por nadie, en ningún momento. Raúl no debería colgarla en La Cibeles, porque no todos los españoles son simpatizantes del Real Madrid. El Sevilla debería quitarla de la parte trasera de sus camisetas, porque no todo el mundo es sevillista (los béticos estarán especialmente indignados). Nadal no debería arroparse con la enseña nacional cuando gana un Grand Slam, porque no a todo el mundo le gusta el tenis en general, o la figura del mallorquín en particular. Esto también deberían aplicárselo Pedrosa, Lorenzo, Gasol o Fernando Alonso. Ya está bien de apropiarse de la bandera, que es de todos. Y los aficionados al deporte, normalmente bastante violentos y embrutecidos, tampoco deberían tener permitido mostrar la bandera. ¿Qué es eso de apropiarse de lo que es de todos y llevarla a eventos deportivos como quien lleva un bocadillo de mortadela para comerse en el descanso? Por supuesto, en ninguna manifestación (sea del signo que sea) estará permitido llevar ninguna bandera rojigualda, ya que habrá españoles que estén en contra de lo que se proclama en esa manifestación. Huelga decir que las empresas tampoco podrán apropiarse de nuestro emblema nacional colgándolo en sus fachadas. Las empresas o las marcas no pueden apropiarse de lo que es de todos. Lo mismo deben aplicarse, por ejemplo, las universidades y los centros de enseñanza en general. Y bueno, el Gobierno tampoco puede usar la bandera, porque yo (como un 60% de los españoles) no he votado al Presidente. Y tampoco puede exhibir nuesta bandera el Ejército, porque a mí no me gustan las guerras…

Esperemos que nunca más nadie se apropie de la bandera, que es de todos, y que necesita, desde la estupidez de algunos de nuestros compatriotas, la aprobación de todos los españoles para ser mostrada en público. Eso sí, unos pocos han hecho acopio de idiocia y nadie les ha dicho nada. Cómo estamos…

Público y los 188.000

Vuelvo por aquí tras un relajado y largo puente. Un buen bloguero no abandonaría así su blog, pero yo no soy un buen bloguero, de los de pico y pala y copia y pega. He conseguido escribir todas las entradas porque tenía ganas de escribirlas, y de momento no tengo intención de que esto cambie.

El caso es que se nos quedaba casi helada la sangre cuando descubrimos el pasado martes que el diario Público por fin (y por primera vez) publicaba datos concretos sobre sus ventas. Presumía su director de tener 188.000 lectores diarios. Ignacio Escolar sacaba pecho añadiendo que vendían más que La Razón y ABC en Barcelona y que El Periódico y La Vanguardia en Madrid. Y seguro que vende más que El Faro de Vigo en Almería o que el New York Times en Cáceres.

El dato era publicado por el último Estudio General de Medios (EGM), en su oleada entre abril de 2007 y marzo de 2008. El EGM es una encuesta que se realiza entre algo menos de 40.000 personas, y que se basa en la memoria que demuestren esas personas. Parte de las encuestas se hacen telefónicamente. Los encuestados deben responder sobre él periódico que leyeron hace 15 días, las cadenas de televisión que vieron la semana pasada, la radio y los programas que escucharon antes de ayer. Como todas las encuestas, y especialmente las basadas en el recuerdo, no me parecen en absoluto fiables. Menos aún una encuesta que abarca un periodo de 11 meses, en el que pasan tantas cosas que influyen de forma notable en los medios de comunicación. Menos aún me gusta, una encuesta que desprecia a los menores de 14 años (más de 4 millones de españoles), como si estas personas no vieran televisión, no escucharan radio o no compraran revistas. Inexplicable un listón tan alto, cuando otros sistemas de medición como el de Sofres para las televisiones mide lo que ven españoles de 4 años o más. Tal vez consideran que los menores de 14 años mienten en las encuestas, como si los mayores no lo hicieran. Es más, probablemente un adolescente recuerda mejor lo que hizo la semana pasada que una persona de 60 años. En cualquier caso, fiarse del recuerdo de las personas para hacer una encuesta lleva a respuestas por parte de los encuestados, tan paradójicas, como que ayer escucharno a Luis del Olmo en Onda Cero (cuando hace años que salió de la cadena).

El EGM es un estudio que las televisiones no tienen en cuenta desde que se mide con audímetros por TNS-Sofres (según el EGM Antena 3 es la cadena líder en audiencia en España, algo que resulta risible). Es un estudio que las publicaciones escritas ven con recelo, ya que suelen preferir el OJD (estudio basado en ejemplares tangibles). El EGM es un estudio que internet no necesita, ya que internet ofrece cifras exactas de número de visitas y datos extremadamente precisos en cualquier página web por pequeña que sea (como la que está leyendo en este momento, por ejemplo). El EGM solamente lo tienen en cuenta las emisoras de radio, porque no tienen otro sistema de medición. Y aún así, las emisoras asumen que el estudio es bastante impreciso, y apenas orientativo. Otras, como la COPE, directamente lo desprecian.

Pero, por un momento, hagamos como si el estudio fuera fiable, y Público contara con 188.000 lectores diarios. Según el EGM, en España leen periódicos todos los días casi 16 millones de personas, de los 38 del universo de muestra (personas de 14 o más años). Es decir, alrededor del 40%, nada menos (luego dirán que leemos poco). Por ejemplo, El País o Marca, son leídos por más de 2 millones de personas cada día. Si El País realiza una tirada media de alrededor de 500.000 ejemplares (reconocida por el propio periódico en el OJD), de los que vende alrededor de 400.000, según el EGM, cada ejemplar vendido es leído por más de 5 personas. Nada menos. Este dato ya parece poco creíble, de entrada. Pero, si nos lo creemos, deduciremos que Público realiza una tirada por debajo de los 40.000 ejemplares. Bueno, tal vez el diario de Mediapro tiene una difusión menor. Vamos a suponer que cada periódico de Público lo leen 4 personas, en vez de 5. Bien, Público, con suerte, cada día vende 50.000 ejemplares. Esto sin contar los que regala en distintas universidades. Vaya, el dato empieza a ser mucho menos bueno.

Pongamos en relación el dato de Público con el de otros periódicos. En España hay 25 periódicos con más lectores que Público. Nada menos que 25, según el propio EGM. Y eso que Público es el único diario cuyos datos corresponden solamente a 2008 (mientras todos los demás ofrecen un dato desde abril de 2007 a marzo de 2008) por lo que se ve favorecido por el periodo electoral, de mayor venta de ejemplares. Público tiene 12 veces menos lectores que El País (¡12!), 7 menos que El Mundo, y un tercio de los que tiene ABC y la mitad que La Razón. A esto hay que añadir que Público cuesta la mitad que la competencia (medio euro de lunes a jueves, y un euro de viernes a domingo). A esto hay que añadir que desde su salida se ha dedicado a hacer contínuos regalos, que llevaban a mucha gente a comprar el periódico, coger el regalo, y seguidamente tirarlo a la basura. Y, finalmente, de los 188.000 lectores diarios, 100.000 son de Madrid y 21.000 de Barcelona. Es decir, en provincias a Público ni se le espera.

Con todo esto, uno no acaba de entender de qué presume entonces Ignacio Escolar. ¿Es un buen dato vender 12 veces menos que El País siendo un pseudo-gratuito? Yo diría que no. La realidad es bien distinta a la que intenta dibujarnos Escolar. El periódico genera enormes pérdidas desde su salida. La plantilla que lo realiza es realmente inexperta, y con buena cantidad de becarios. Gran parte de la redacción original ha abandonado el periódico, y el fichaje de Ekaizer convierte a Público en un periódico bicéfalo.

El tiempo dirá si Público mejora sus datos y si Mediapro decide seguir manteniendo a flote un periódico que venía a hacer daño a El País y que al final está haciendo solamente daño a las cuentas de su propia empresa.

No predicar con el ejemplo

Pasaba hoy, algo desapercibido, Zapatero por TVE. Mañana veremos las audiencias, pero tengo la sensación de que no mucha gente estaba enterada del paso del Presidente del Gobierno por el programa “59 Segundos”. Zapatero estuvo en su línea, llenándose la boca de palabras bonitas y vacías, soñando un poco, y , en general, bastante seguro en su siempre pausado y algo monótono discurso. Por desgracia el programa le puso las cosas bastante fáciles. El 90% de las preguntas las realizó la presentadora, y siempre rozando lo institucional. Demasiado formales, demasiado evidente y obvias, y demasiado amigables. Mientras, los periodistas (la mayoría afines al Gobierno, para qué vamos a negarlo) se comían las uñas esperando su turno. En todo lo que duró el espacio, los invitados pudieron realizar dos preguntas cada uno. Ni una más ni una menos. Y por supuesto con su correspondiente limitación de 59 segundos, mientras el Presidente hablaba y hablaba, en intervenciones que tranquilamente superaban los tres minutos. Esperanza Aguirre estuvo como invitada la semana pasada en este mismo programa. Por desgracia, ella no pudo disfrutar de turnos de tiempo ilimitado, sino que se vio en igualdad de condiciones con los periodistas: sus turnos eran también de 59 segundos.

El Presidente, que presume de una televisión pública objetiva y honesta, un político que habla de Igualdad (con mayúsculas), y de igualdad entre hombres y mujeres, no debería permitir esta evidente diferencia de trato (hay que subrayar, aquí y ahora, que Esperanza Aguirre también es mujer, por si alguien no había caído en ello). TVE no es objetiva ni honesta, y nunca lo ha sido desde que yo tengo uso de razón (y empieza a ser bastante tiempo). Esta distinción da como resultado una sensación absolutamente diferente entre el papel de Aguirre hace siete días, lidiando con el tiempo (y con periodistas que se saltaban sus propios turnos) y el de hoy del Presidente, cómodo, inmutable, y casi venerado en su paso por el programa.

TVE, si presume de independiente, no debería hacer estas diferencias (tan evidentes y descaradas) según la ideología del invitado. Zapatero, si presume de promover la igualdad entre hombres y mujeres, debería preocuparse porque en la televisión pública se dé buen ejemplo. Especialmente cuando es él el gran beneficiado de esta palmaria desigualdad.

Exprimiendo el espectáculo

Nos cuenta hoy ElMundo.es (seguramente algún otro medio se haya hecho eco) que “condenan por conducir ebrio al joven que agredió a una menor inmigrante en Barcelona“. El titular resulta especialmente largo, porque hay que hacer un esfuerzo para conseguir que el lector haga memoria y se acuerde de este personaje. El antetítulo tampoco tiene desperdicio: “Su agresión quedó grabada por las cámaras de seguridad”. Las imágenes ayudan a recordar… “Vídeo: Recuerde la agresión”, nos dice el periódico. “Relámase”, “vea la repetición de la jugada”, parece insinuar.

Por cierto, de aquella noticia me sorprendió la importancia que se le dio al hecho de que la víctima fuera menor de edad. Sí, es un agravante en lo judicial y en lo moral, pero la agresión sería igual de vergonzosa si la pobre chica hubiera tenido dos años más (pero eso es otro tema). Ahora, vean el vídeo los interesados, desmemoriados o morbosos.

 Ahora sale El Mundo, haciéndose eco de EFE (que sirve la noticia) a recordarnos aquel sobrevalorado pasaje, que si tuvo algo de repercusión fue por las imágenes tomadas por las cámaras del Metro de Barcelona. Sin imágenes, es probable que nunca hubiéramos sabido nada del tal Sergi Xavier M.M. Pero ahí estaba la televisión abriendo todos los telediarios valorando esta noticia, simplemente, por su “espectacularidad”. Que hoy El Mundo nos alargue la carrera delictiva de este pobre necio, contándonos que un día cogió una moto en estado de embriaguez, sinceramente, me parece especialmente ridículo. “Si al menos tuviéramos imágenes”, pensarán hoy en los servicios informativos de nuestras cadenas de televisión. Pues no, ni siquiera hay imágenes para justificar de algún modo que hoy tengamos que enterarnos que Sergi Xavier tendrá que pagar 1000 euros y no podrá coger un vehículo de aquí a marzo. ¿Qué será lo siguiente? Por ejemplo: ”Detenido por vender cocaína en Sant Boi el joven que agredió a una menor inmigrante en Barcelona y que fue condenado a pagar 1000 euros por conducir ebrio una motocicleta”. Y la cosa podrá ir a más “Condenado por violación el joven que agredió a una menor inmigrante en Barcelona y que fue condenado a pagar 1000 euros por conducir ebrio una motocicleta, y detenido por vender cocaína en Sant Boi”. Y así hasta el infinito.

No hay motivo alguno para seguir atentamente el historial delictivo de tipos de esta calaña, (especialmente cuando este historial parece amplio). La dificultad que encontró el redactor para construir el titular es la principal evidencia de lo absurdo de la noticia. Sergi Xavier M.M. no merece ni un minuto más de nuestra atención.

Discriminaciones y símbolos

Decía Chacón en una entrevista concedida a la presentadora de 59 Segundos, Ana Pastor, que quería que su viaje a Afganistán fuera “un símbolo contra la discriminación de las embarazadas”. La frase, para mi gusto, resulta cómica. ¿A qué se refiere exactamente Carme (y no Carmen) cuando habla de “la discriminación de las embaradas”? ¿Se prohíbe que las embarazadas entren en las bibliotecas?, ¿la gente señala a las embarazadas por la calle y murmura a su alrededor? ¿Las escupe? ¿Hay grupos radicales que las persiguen por las noches? ¿Son apedreadas públicamente? Sinceramente, ofende a la inteligencia escuchar que las embarazadas están discriminadas. La única “discriminación” que sufren las embarazadas es en el mundo laboral, y llamarla “discriminación” creo que es un error. Que algunas mujeres pierdan su trabajo por estar en estado de buena esperanza, se debe, exclusivamente, a motivos económicos y de rendimiento. Está bien que el Gobierno mire por esas personas y por los empresarios al mismo tiempo. Pero, que un empresario no quiera que su negocio vaya bien ni es una discriminación ni necesita símbolos ni viajes innecesarios. Para rematar la borrachera progresista, la ministra Chacón añadió: “Es la misión más importante de nuestras tropas, la más alejada y la más peligrosa”. Vaya, es decir, que si se hubiera podido ir más lejos, a cruzar el Amazonas en remo, por ejemplo, lo hubiera hecho, todo por el ministerio. Ante tal dedicación compulsiva a su nuevo cargo, Joan Puig de ERC criticó que Chacón pusiera “en peligro al hijo que espera”. Por suerte para Carme y su hijo, les acompañaba un equipo médico formado por tres personas, que evidentemente pagamos los ciudadanos.

El viaje de la ministra era innecesario, el riesgo era innecesario, el símbolo era innecesario, y con todo, el equipo médico hubiera sido innecesario. Al menos reconoce Carme, que ella en su puesto no es más que un símbolo, un pelele, un icono de lo avanzado y abierto que está nuestro país. No duden que en el futuro veremos casos más rocambolescos y retorcidos y más símbolos y más riesgos. Ministros acróbatas, al fin y al cabo. Zapatero acaba de empezar a divertirse.

Soñar sin ilusión

As ofrece hoy en portada, y como principal noticia del día, las palabras de Iker Casillas sobre el final de la Liga. La foto elegida está bien, y refleja de forma acertada la personalidad responsable y madura y la figura del portero madridista. Con una mano sobre la cara, y la mirada un poco perdida, como vislumbrando el inmediato futuro que será la consecución del título de Liga. Sobre la imagen leemos sus palabras: “Me hace ilusión la Liga, no el Zamora”. Encima leemos “Casillas apuesta por una celebración sin estridencias”. Nada de drag-queens, “streapteases” ni orgías trasnochadas. Bien, una portada muy de As, dando más importancia al Madrid independientemente de lo que haga el Barcelona. Más o menos lo que podemos contemplar siempre en los periódicos catalanes, pero a la inversa.

Marca, que es mucho más nacional, da máxima importancia a las semifinal de Champions de Barcelona y Manchester United, y menos a las palabras de Casillas, que vienen algo apartadas en la parte inferior. Hasta ahí todo bien, salvo por las palabras de Iker: “Sería un gran placer ganar el Zamora”. Y como antetítulo podemos leer: “Casillas sueña con el trofeo”. Ah, vaya. Según As el Zamora no le hace ilusión, y según el diario Marca sería un gran placer ganarlo. Es más, sueña con ganarlo. Uno no sabe con qué quedarse. Sí, podría ser que soñara con algo que no le hace ilusión. Podría ser también que Casillas tuviera un trastorno de personalidad múltiple.

¿Qué pensará realmente Casillas? ¿Cuál de los dos diarios ha malinterpretado sus palabras? Sospecho además, que ambos periódicos se valen de las mismas declaraciones de Iker, y que cada uno lo ha contado como le ha parecido bien. Volvemos a lo que comentábamos antesdeayer. El lector puede elegir la realidad y las noticias que más le gusten. Elija usted el pensamiento de Casillas a su gusto. Construya un portero del Real Madrid a su medida. Ambas opciones por un euro.

La madurez de Operación Triunfo

Operación Triunfo hace tiempo que perdió la inocencia. Ahora es más consciente de sí mismo, como programa, de lo que lo ha sido nunca. Conoce sus puntos fuertes y sus puntos débiles, y, lo que es más, no trata de ocultarlos. Para ello emerge con fuerza, una vez más, la figura de Risto Mejide. En dos galas ha dicho del programa (entre otras cosas) que es el karaoke más caro del mundo, que la calidad de los concursantes es especialmente baja este año, que los músicos hacen playback, que la ropa que llevan los concursantes es vergonzosa, y que, en general, se está faltando al respeto al espectador. Sospecho que los encargados del programa y de la cadena ni siquiera pestañean al escuchar las palabras de Mejide. Ellos le han dado voz y voto, y le han convertido en uno de los grandes protagonistas del programa. Y saben, que aunque Risto se empeñe en destapar las vergüenzas del producto que es Operación Triunfo, el programa es menos atractivo sin su presencia. Siempre estaré a favor de la autocrítica. Especialmente cuando se trata de este tipo de programas con un público con una capacidad crítica bastante limitada (no se ofenda nadie, que yo también lo suelo ver). Por desgracia, el papel de Risto tiende al desgaste. Él se esfuerza por cumplir muy bien su misión (mala baba no le falta), pero en ocasiones empieza a parecer demasiado fingido. Y no hay nada peor que un ogro fingiendo. Por ejemplo, resulta absurdo que independientemente de quién sea el concursante al que valora, e independientemente de si es nominado o no, Mejide dibuja una afilada y retorcida crítica (cuando no ofensa) en busca del espectáculo gratuito. Cierto es que en ocasiones es el único que dice verdades como puños. Pero ha perdido el factor sorpresa, y no entiendo cómo los concursantes, absurdamente, suelen caer en el cabreo (le han llegado a llamar imbécil tras la gala) o incluso el llanto. Tomarse en serio a Risto es como tomarse en serio a Bill Cosby o a Robin Williams, así que no puedo entender que los concursantes se sientan realmente dolidos con las palabras de Mejide.

Risto, seguramente, ha tocado techo, y ahora todo lo que se puede esperar de él es un claro declive como mini-figura televisiva. Su desgaste va acompañado del propio desgaste del programa, que no logra alcanzar los 4 millones de espectadores. Por suerte, como ocurre en otros realities, el formato madura, acepta sus niveles de audiencia y asume sus mentiras, su maquillaje y su pseudo-farsa musical, de la que todos (al menos los mayores de 15 años) somos cómplices. Risto ayuda mucho expresando con palabras lo que muchos sentimos y pensamos y dando un poco de espectáculo humillando públicamente al concursante de turno. Risto hubiera sido un personaje imposible en la melosa primera edición del concurso, en la que hubiera pisoteado la moral de Bustamante, Bisbal o Rosa. Impensable. Puede que nos queden por presenciar aún algunas ediciones de Operación triunfo. Pero, por si acaso, el programa ya es hoy más sincero de lo que ha sido nunca. Y, desde luego, se agradece.

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